Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos, quien no cambia de marca, no arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce.
Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú. Muere lentamente quien evita una pasión, quien prefiere el negro sobre blanco y los puntos sobre las íes a un remolino de emociones, justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas de los bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos.
Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.
Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en sí mismo.
Muere lentamente quien destruye su amor propio, quien no se deja ayudar.
Muere lentamente, quien pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante.
Muere lentamente, quien abandona un proyecto antes de iniciarlo, no pregunta de un asunto que desconoce o no responde cuando le indagan sobre algo que sabe.
Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar.
Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos una espléndida felicidad.
27.12.11
21.12.11
Novela - Introducción (segunda parte)
La nena agarró al cachorrito que
lloraba sin parar y lo acurrucó contra su pecho; automáticamente se calmó y no
solo dejó de llorar, sino que también comenzó a mover la cola enérgicamente. La
conexión era evidente.
El abuelo, tranquilo que dejaba a
la niña en buena compañía, se despidió y se marchó caminando muy despacio,
mientras tarareaba una canción casi susurrando. Minutos después llegó Nicolás
del hospital. La pequeña Olivia se apuró y alcanzó a esconder a su mascota
entre los almohadones del sillón.
- Oli ¡No sabes lo linda que es tu
hermanita!- Comenzó a relatar Nicolás, eufórico.- Tiene los mismos ojos que
vos, y el pelo rubio como mamá; cuando sea grande va a- Nicolás se detuvo en
seco, podría haber seguido con la descripción de su hija menor y Olivia podría
haber seguido fingiendo que allí no había pasado nada si no fuera porque el
nuevo integrante de la casa se escapó de los almohadones y saltó a la falda de
Nicolás.
La cara del padre era
inconfundible, una rara mezcla entre enojo e incertidumbre.
- ¿Qué es esto?- Preguntó, aunque
sabía bien qué era, pero no sabía cómo había llegado ese perro a su casa.
- Un perrito, papi- Poniendo
énfasis en la última palabra con el fin de enternecer la situación.
- Ah, pensé que era un osito
polar.- Dijo Nicolás irónicamente, aunque el parecido entre el cachorro y un
oso polar recién nacido era bastante grande.- Me refiero a qué hace ese perro
en mi casa- Sentenció.
- ¡No digas “ese perro” cuando
hables de…cuando hables de Ciro.- Resolvió rápidamente Olivia, que tenía una
larga lista de nombres pensados para cuando tuviese una mascota.
- Entonces ese tal Ciro va a tener
que irse.- Dijo el padre, aunque sabía que eso era casi imposible.
- No se puede ir, papá; es un
regalo.- Confesó Olivia.
- Vamos a devolverle el regalo a
su dueño entonces. ¿Quién te lo regaló?
Olivia dudó un momento, pero creyó
que lo mejor era contarle toda la verdad a su padre.
- Me lo regaló el abuelo Camilo,
vino hace un rato, cuando vos y mamá no estaban. Siempre viene cuando ustedes
no están, dice que ustedes no lo entienden como yo. Me dejó a Ciro. ¿Te gusta
el nombre que le puse? Significa “El gran rey”. Ah, y me dijo que cuide mucho a
mi hermanita y algunas cosas mas que no puedo contarte todavía.
Nicolás se perdió en la primera
oración, según Olivia, su padre había traído a ese perrito que dejaba de ser
tan despreciable como al principio para pasar a ser un verdadero regalo. La
expresión de su cara no mutaba. La nena esperaba alguna respuesta, aunque sea
negativa; si había algo que no soportaba era la incertidumbre.
Nicolás había dejado de mirar a su
hija para mirar los portarretratos que había sobre unos estantes llenos de
polvo. Entre las fotos había una donde estaba Camilo, vestido con su clásico
sobretodo, y se había quitado el sombrero para la foto; el anciano estaba con
Olivia en brazos, recién nacida. Miró esa foto detenidamente durante unos
segundos, hasta que la niña lo liberó de su hipnosis con una pregunta directa.
- Papá, ¿Me lo puedo quedar? Por
favor.- dijo, e intentó ser lo mas tierna posible.
Nicolás asintió con la cabeza y
automáticamente Olivia empezó a abrazarlo y saltar de la alegría, pero él no
lograba salir de su ensimismamiento. El perrito había dejado de ser un problema
para él, ahora había otro problema mucho mas grande, que no tenía ni idea de
cómo resolverlo. Sabía que Olivia era madura e inteligente pero nunca se había
animado a hablar con ella sobre ese tema que ni él había aceptado aún.
Definitivamente había llegado el
momento de afrontar juntos ese dolor sin resolver, era el momento de decirle a
Olivia que su abuelo Camilo había muerto el día que ella cumplía 11 meses.
13.12.11
Novela. Introducción (Primera Parte)
Era casi el mediodía de un día primaveral, de uno de esos días que se empiezan a sentir los cambios, los olores,
el calor acogedor; cuando Nicolás le dijo a su pequeña y única hija, entre
sollozos de emoción y con la respiración agitada que subiera al auto porque
tenían que ir urgente al hospital. La nena tomó aire, irguió la espalda para
parecer unos años mayor, carraspeó y dijo:
- Papá, yo me quedo – con cierto
aire de madurez en su voz.
Su padre, que estaba buscando
desesperadamente las llaves del auto se detuvo en seco, boquiabierto; Olivia
había elegido el peor momento para demostrar su independencia. Nicolás, que no
acostumbraba a decir que no y que tampoco disponía de mucho tiempo para
encontrar una solución adecuada, se arrodilló ante su hija y repasó rápidamente
algunos puntos que Olivia tenía mas que claros.
- Oli, mi amor, tengo que llevar a
mamá al hospital, está por llegar Paz, tu hermanita. Prometeme que no le vas a
abrir la puerta a nadie, pero absolutamente a nadie. ¡Prometemelo!- exclamó al
ver que la expresión de autosuficiencia de la niña no mutaba.
- Prometido.- dijo Olivia casi con
arrogancia.
Su padre la abrazó y en un abrir y
cerrar de ojos ya estaba subiendo al auto donde se encontraba su mujer,
Miranda, a punto de dar a luz.
La niña alcanzó a asomarse a la
ventana para ver como el auto doblaba la esquina y desaparecía y así se aseguró
de que sus padres no volverían por un largo rato. Cuando se alejó de la
ventana, la niña empezó a observar la casa con otros ojos, al estar sola la
pequeña casa en la que vivían parecía mucho más espaciosa, todo parecía más
grande, más silencioso, más…raro. Pero esto estaba muy lejos de asustar a
Olivia, y la radiante sonrisa que había aparecido en su rostro lo comprobaba.
Se paró en medio del living comedor,
miró hacia todos lados como si se encontrara en un lugar nuevo por descubrir,
pero siempre conservando su sonrisa. Comenzó a subir las escaleras que
conducían al primer piso, donde se encontraban las habitaciones de los padres y
su habitación, que pronto compartiría con su hermanita. Aunque la idea de dejar
de ser hija única todavía la atormentaba un poco, Olivia estaba feliz, sabía
que el momento del cual tanto le había hablado su abuelo Camilo había llegado.
Si su abuelo no se equivocaba, este día marcaría el resto de sus vidas.
Olivia fue hacia el baño, se subió
a un banquito para poder verse en el espejo y comenzó a peinarse, sabía que
debía estar lista para recibir a Paz. Luego se dirigió a su habitación, que por
cierto no era igual a las habitaciones de las niñas de su edad; esta habitación
era muy acogedora pero muy seria a la vez. Todas las cosas estaban ordenadas,
incluso la casita de muñecas que hacía años no usaba. Una de las paredes estaba
ocupada por una gigantesca biblioteca, con cientos de libros en perfecto orden;
Estos libros habían llegado a ella- en su mayoría- mediante su abuelo, que le
obsequiaba uno cada vez que la iba a visitar.
Nicolás había dejado que su hija
se quedara sola en su casa no porque fuera un inconsciente, sino porque
confiaba plenamente en ella; que más de una vez había demostrado ser mucho más
grande de lo que decía su edad cronológica. No solo por su madurez, sino
también por su inteligencia, y su pasión por leer y releer los libros de esa
biblioteca era el mejor testigo.
Una vez que terminó de cambiarse,
Olivia volvió al living. Sorpresivamente allí la esperaba su abuelo, sentado en
un sillón, mirando para abajo. Por debajo de su sombrero se alcanzaba a
entrever una sonrisa, él siempre sonreía. Todavía no se había quitado su
sobretodo ni había dejado su paraguas. “Nunca se sabe qué esperar de la
naturaleza” respondía cada vez que su nieta le preguntaba por qué siempre lo
llevaba consigo.
- ¡Abuelo!- Exclamó mientras
corría a abrazarlo.
- Hola mi reina- contestó Camilo
con su voz dulce pero áspera. - ¿Estás nerviosa? – Indagó de repente.
- No abue, estoy bien.
- Olivia, te conozco.- Desafió el
anciano.
- Bueno si, no, en realidad tengo
miedo, todavía no entiendo qué tengo que hacer- Dijo Olivia abandonando su
personaje de mujer para mostrarse como realmente era; una nena, con miedos,
inseguridades y preguntas; como cualquier niño.
Camilo sonrió. Olivia no podía
creer que él se estuviera riendo ante tamaña confesión, pero apenas despegó los
labios para quejarse, Camilo comenzó a hablar.
- No importa cómo, ni cuándo, ni
dónde. Eso nunca importó querida, y tampoco debe importarte a ti. Tampoco debes
preocuparte por algo que todavía no ocurrió. Cuando llegue el momento vas a
entender todo, y vas a saber qué hacer. Confiá.
La niña quedó atónita, su cabeza
era un mar de preguntas y obviamente ninguna tenía respuesta aún. Hubo un
silencio. Olivia se tomó su tiempo hasta que por fin reaccionó, pero justo
cuando iba a comenzar a atacar a su abuelo con preguntas, él la interrumpió.
- Yo voy a estar siempre para
ayudarte, si es eso lo que te preocupa.
La nena volvió a quedarse callada,
eso era lo único que quería saber.
- Pero por si yo llegara a irme
algún día- Continuó diciendo mientras se levantaba trabajosamente del sillón-
te traje a alguien que te va a ayudar siempre.
El anciano se dirigió hacia la
puerta de entrada, la abrió y Olivia se acercó sin poder creer lo que veía, había
una caja muy precaria pero a la vez hermosa, y adentro estaba el que iba a
convertirse en su guía y compañero.
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